TRABAJANDO GRATIS POR CUENTA AJENA

publicado en: COMERCIO, SOCIEDAD | 0

Recuerdo que hace ya unos cuantos muchos años, cuando mi padre iba a repostar, no bajaba del coche. Le daba las llaves al dependiente de la gasolinera, le decía el importe o la cantidad de gasolina que quería repostar y cuando el empleado había terminado, le devolvía las llaves a mi padre, quien le pagaba el importe correspondiente más la propina que siempre caía.

De esos momentos recuerdo que por aquel entonces había gasolina “normal”, “súper” y “extra”. No se el motivo, pero mi padre siempre ponía la gasolina “extra” que costaba ¡¡¡28 pesetas el litro!!! (unos 17 céntimos de euro). Era la más cara de las tres, pero según decía, el coche iba mejor, corría más en una época donde los radares eran anecdóticos.

En aquellos años, ese olor a gasolina me gustaba y, pequeño como era por aquel entonces, recuerdo que pensé que de mayor me gustaría trabajar como dependiente de la gasolinera sólo por ese olor que tanto me gustaba.

Y poco a poco esa imagen se ha ido difuminando hasta casi desaparecer porque sin darnos cuenta nos hemos convertido en empleados de gasoliera, y no por ese olor que tanto me gustaba, sino porque esos empleados han sido substituidos por los propios clientes quienes, sin rechistar, manipulamos el boquerel del surtidor como si hubiésemos hecho un curso de formación para el manejo de mercancías peligrosas. Y con este cambio ha venido un aumento espectacular del precio de la gasolina que ha multiplicado por 10 su precio promedio y que a ese coste les ahorramos a los empleados que deberían suministrar el combustible.

Cuando se habló de que los propios conductores nos pondríamos el combustible, ¿alguien pensó que así se abarataría el precio porque se ahorrarían los sueldos de esos empleados?

Pues no, que yo recuerde ni al principio de esos cambios se abarató el precio de la gasolina, aunque han pasado de llamarse “normal” y “súper” por cualquier otro nombre más rimbombante con nosecuantos aditivos que nos dejan el motor como una patena y que aunque no veamos nunca el interior del motor, nos lo creemos y supongo que será así, porque en los talleres recomiendan cargar en gasolineras que no sean “low cost” porque estas “ensucian el motor”.

Y a la vez que se fue dando el paso al autoservicio en las gasolineras, los bancos se han ido subiendo al carro de convertirnos a los clientes en sus empleados.

Antes, cuando íbamos al banco, nos atendían en la ventanilla como clientes que éramos, nos actualizaban la libreta, había un empleado en casi cada ventanilla, y si te conocían o había un poco de confianza, hasta te sonreían y te preguntaban por la saludo de la madre, porque se habían enterado que estaba algo pachucha.

Y un día apareció una máquina que, oh, sorpresa, daba dinero con sólo poner la tarjeta de crédito ¡y a cualquier hora!. Ese fue el primer paso a que los bancos, que antes abrían mañana y tarde, redujeran su horario porque ahora parte de su trabajo lo hacían los cajeros.

No le dimos importancia porque era una comodidad para quienes van sin tiempo para acudir al banco a ingresar o retirar fondos. Entonces los bancos dejaron de abrir por las tardes para abrir sólo por las mañanas de lunes a sábado.

Pero los sábados son días de tranquilidad, y algunas entidades cambiaron los sábados por la mañana por los jueves por la tarde, lo cual creo, no estoy seguro, que algunas Entidades lo siguen haciendo.

Aunque si con eso pensábamos que podríamos acudir a nuestro banco para que nos traten como clientes, no podríamos estar más equivocados.

Hoy, si tienes que ingresar un importe inferior a una cifra establecida por ese banco o necesitar retirar dinero por menos de ese mismo importe, ni te atiende una persona, sino que te obligan a hacerlo tú mismo en el cajero.

Ya no hay ese contacto humano que a quienes empezamos a tener una edad nos gusta tener. Ahora vas al banco, haces cola para una sola ventanilla porque en las otras 3 no hay nadie, y si lo que quieres es ingresar o retirar menos de una cantidad, te mandan al cajero a hacer el trabajo que antes hacía una persona.

Recuerdo un día que tenía que hacer un ingreso de 60 euros para el pago de un curso y el empleado del BBVA de Teià, que estaba de cháchara con su compañera, me dijo que por menos de 300 euros tenía que hacerlo en el cajero. Le pregunté si había algún inconveniente en que me atendiera él, que no había nadie más en el banco, y me dijo que no, que me fuera al cajero a hacer el ingreso.

Me largué a otra entidad a hacer el ingreso, donde curiosamente en otra oficina de ese mismo banco, me atendió una persona.

Y esto es imparable. Hace poco fui a una oficina de La Caixa y pareció una película futurista de robots de esas que veíamos cuando los de mi quinta éramos chinorris. Sólo había un mostrador para atender a quien tenía que negociar algo especial con la Entidad. El resto eran todo cajeros automáticos de los cuales, sólo funcionaba uno. Y la gente haciendo cola para que nos atendiera esa máquina infernal que todo lo controla.

Y eso no sólo se queda en los bancos, sino ya hace un tiempo donde algunas grandes superficies tienen las cajas de auto-cobro donde uno va pasando todos los artículos por el scanner para al final pagar con la tarjeta de crédito bajo la supervisión de un “vigilante” que controla no se te despiste un producto o no sepas cómo funciona ese invento infernal.

Como no podía ser de otro modo, ahora hasta hacemos el trabajo ajeno en nuestra casa y pagando de nuestro bolsillo lo que antes nos daban con el servicio. Antes comprabas un viaje en avión y te daban toda la documentación necesaria.

Ahora te la tienes que imprimir en casa y como te falle la impresora o internet, te quedas en tierra. Y si tienes que facturar en el aeropuerto, te lo facturas tú, pesando la maleta y pegando las etiquetas para que no te pierdan el equipaje, trabajo que antes hacían las personas.

¿Quien no ha llamado a una empresa y en lugar de atenderle una persona le ha salido una máquina que invita a pulsar números según lo que necesites?

Pues sí, creo que todos hemos pasado por ese tipo de llamadas tras las cuales después de escuchar todas las opciones nos damos cuenta de que no recordamos las primeras y acabamos pulsando “la tecla asterisco” para volver a oir las opciones que, en ocasiones, no ofrece la que necesitamos. ¿Dónde está esa dificilísima profesión de telefonista que tan bien sabía dirigir las llamadas a quien correspondía?

Recuerdo llamar a empresas donde la locución de la telefonista era tan característica que incluso cuando hablabas de esa empresa con los compañeros, siempre había quien repetía la frase de esa telefonista con su tono de voz. Y era una persona francamente eficaz en su difícil labor de atender al teléfono (“A— bon dia”, respondía siempre con una sonrisa que se escuchaba por el auricular)

Y luego hay quien se extraña de que tengamos un grave problema con el paro, cuando es un paro que nosotros mismos estamos abonando, pues nadie nos quejamos por tener que suministrarnos nosotros el combustible, por cobrarnos la compra o por tener que imprimirnos los billetes de avión y facturarnos el equipaje o porque tengamos que esperar infinitas locuciones telefónics. Y todo eso gratis, pues poco a poco nos están convirtiendo en trabajadores por cuenta ajena sin derecho a sueldo.

Por suerte o por desgracia, esto no hay quien lo pare.

Será que me estoy haciendo mayor, pero me gusta más el trato personal que el trato con las máquinas, aunque, no nos engañemos, hay máquinas más agradables que algunas personas.

Salut!

Dejar una opinión