¿Porqué hacemos (tantas) fotos?

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Creo que esta pregunta en la que nos podemos extender hasta la saciedad se acabará resumiendo con un “porque nos gusta y, además, podemos”.

 

Antes, cuando existía eso de la fotografía analógica que implicaba que teníamos que meter un carrete de no más de 36 fotos en la cámara eligiendo previamente si eran en blanco y negro o en color, y la sensibilidad de esa película, no solíamos ver a mucha gente haciendo fotos por la calle a una flor, a un plato de pasta, a una taza de café o a un ornitorrinco perdido por la ciudad, porque de entrada cada foto se tenía que llevar a revelar y eso valía una pasta, en segundo lugar, o teníamos una de esas cámaras automáticas que lo hacían todo o si teníamos una reflex más nos valía saberla usar o las fotos acabarían todas en la papelera después de haber pagado el correspondiente revelado. Eran otros tiempos en los que un “click” equivalía a 83 pelas de entonces o 50 céntimos de ahora. Claro está que siempre podías pedir que te revelaran el negativo y luego elegías tú las fotos, pero era mucho curro y casi siempre acabábamos positivando hasta la caja del carrete.

 

Cuando empezó eso de la fotografía digital dirigida al público allá a mediados de los años 90 si la memoria no me falla, no pasaba de ser casi un divertimento para bolsillos relativamente pudientes, ya que las imágenes que se obtenían tenian la gracia de que no se tenía que pagar por verlas, las podíamos ver inmediatamente después de hacerlas pero la calidad dejaba bastante que desear, sobre todo si las comparamos con las imágnes que podemos obtener con cualquier móvil actual, y es por eso que no era extraño oir a quienes tenían esas cámaras que “faltan  muchísimos años antes de que la fotografía digital pueda desplazar la calidad de la analógica”, o incluso que esa nueva tecnología “nunca llegará a la calidad de la fotografía analógica”. Y mira por donde, si esto lo oía yo en 1995, en el 2000 ya teníamos cámaras de 2,1 megapíxeles que no estaban nada mal y hasta podías ampliar la foto a un maravilloso 18 x 23cms.  Eso sí, no la quisieras mirar de cerca porque veías esos píxeles que hoy en día encontramos cuando ampliamos dos millones de veces la fotografía, claro.

 

Y del año 2000 en que esas cámaras eran una gran atracción porque empezaban a ser “asequibles” (una HP PhotoSmart 310 costaba alrededor de los 400 euros y sólo disparaba en JPG)  y recuerdo que cuando fuí a ver la fiesta mayor del pueblo y hacía las fotos con esa cámara, la gente miraba alucinada que podías ver la foto casi al momento.

 

Un año más tarde la mitad de los asistentes a esa misma fiesta ya tenían su cámara digital que, por supuesto, superaba con creces mi querida HP. Y entonces se desató la fiebre por hacer fotos a cascoporro en memorias de 256Mb en las que se podía guardar una cantidad ingente de imágenes de 1 o 2 megas cada una y con una resolución bastante aceptable por esos tiempos. Eso sí, en lo que la gente no caía es en el precio de las tintas para revelar tanta foto, lo que desembocó en que la mayor parte de las imágenes captadas se limitaban a la pantalla del ordenador ya que por aquel entonces no había muchas empresas que imprimiesen las fotografías en los kioskos digitales que hoy en día vemos en las tiendas de fotografía.

 

Y en estas que nos plantamos en los tiempos actuales donde los teléfonos móviles por cutres que sean tienen mucha más calidad que las mejores cámaras de entonces, y como el móvil lo llevamos encima a todas horas y está conectado a todas las redes sociales, nos cuesta el canto de un duro hacer fotos a lo que nos estamos tomando para subirlo a las redes sociales, compartirlo con nuestras amistades y saturar así la memoria de nuestro teléfono que, el pobre, ya no se acuerda ni de la función de llamada porque todo va por wasap, facebook, twitter….

 

Y la pregunta que abre este post es precisamente esa: ¿porqué hacemos fotografías?. ¿Y porqué tantas?. ¿És necesario hacer una foto al plato que nos vamos a comer? ¿podemos vivir sin tanta foto?

 

Hace ya un tiempo vi una imagen que me hizo gracia, como tantísimas otras, en las que los estudiantes en lugar de tomar apuntes estaban haciendo fotos de lo que aparecía en el proyector. La fotografía ha substituido hasta los apuntes del colegio y la universidad, y es que cuando vemos algo que nos interesa lo fotografiamos en lugar de tomar nota de dos palabras.

 

Los tiempos han cambiado y mucho y hemos pasado de tener un álbum familiar con las fotos personales hechas por nosotros y las postales compradas de ahí donde hemos estado a tener el ordenador repleto de fotografías que muchas ni recordamos y cuando las queremos buscar no sabemos ni por donde empezar.

 

Tenemos esas imágenes que otrora serían postales compradas, pero que hoy en día repetimos con nuestra cámara no sea que la postal esté mal hecha.

 

Y al final he llegado a la misma conclusión: hacemos muchas fotos porque nos gusta y porque podemos. Que sean buenas o malas fotos ya es otro cantar, y ya hablaremos de esto.

 

 

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