¡LA REPÚBLICA NO EXISTE, IDIOTA!

Eso es lo que le espetó un Mosso a un manifestante que se manifestaba en defensa de la República catalana. Y no le faltaba razón a ese anti-disturbios, y es que la República Catalana no existe como no existió antes España, ni Francia, ni Italia, ni tampoco la dictadura ni tantas otras cosas que los diferentes devenires de la historia han cambiado hasta que todo ha empezado a existir.

El manifestante defendía la República, pero no como realidad palpable, sino como deseo de futuro y esperanza de mejorar la sociedad en la que vivimos políticamente hablando.

Ese manifestante, como tantísimos otros, esperan que la cosa cambie a tal nivel que la Monarquía, que aun no tengo claro para qué sirve visto lo visto, pase a una página de la historia, una más, y dé paso a un gobierno elegido por el pueblo y, teóricamente, para el pueblo, aunque ya conocemos eso de que “del dicho al hecho…”.

Es cierto que nadie garantiza que la República sea la solución a los problemas del ciudadano de a pie, pero lo que está garantizado es que la Monarquía, al menos aquí, no soluciona más problemas que las tiradas de las revistas del corazón y los negocios con países que sólo son amigos a nivel diplomático, pero que no parece que lo sean tanto a nivel de pueblo llano.

Los manifestantes tienen la esperanza de una República Catalana porque los políticos no parece que estén por la labor de que buena parte del pueblo catalán quiera seguir formando parte de España, ese país que canta a coro “a por ellos” mientras ve como sus derechos se van degradando sin que el pueblo haga nada si no es culpar a los catalanes de sus males (sólo falta ver el tema central de la campaña electoral en Andalucía). Y el ansia por la República Catalana tiene la esperanza de un país donde esos derechos hoy pisoteados se respeten y nunca se degraden. Y creo que todo el mundo, absolutamente todo, tiene derecho a ese deseo.

Alguien me dijo un día “España siempre ha necesitado un enemigo para hacerse valer”. Y no se refería al pueblo español como tal, sino a los distintos Gobiernos que hemos tenido.

Cuando en España teníamos la desgracia de vivir el terrorismo día sí y día también, el Gobierno ya tenía a su enemigo particular con quien negociar a espaldas del pueblo para luego señalar con el dedo acusador a otros políticos que hiciesen lo mismo sin su permiso.

Y cuando ETA se dio cuenta de que por el camino de la violencia no se consigue nada, se disolvieron y ese enemigo que daba réditos políticos a los gobernantes, desapareció.

Entonces es cuando miraron hacia Cataluña, donde parte del pueblo ansía una República que les de esperanzas, unas esperanzas que no les llegan del Gobierno central, sino que las ven en las promesas populistas de los políticos independentistas. Y sí, digo “populistas” porque en lugar de explicar las cosas con los pies en el suelo, dicen lo que al pueblo hastiado de la situación quiere oír. Y eso, presentando a España como un enemigo, les da réditos y, voto a voto, van consiguiendo ganar una fuerza que, aunque insuficiente, gota a gota llena el vaso. Un vaso que esperan rebosar para tener esa gota que lo colme y les permita gritar más alto. Pero que no por ello tengan la razón. Porque nadie la tiene.

Es cierto, la República no existe, pero hay quien quiere que exista y tiene todo el derecho del mundo a manifestarse por ese deseo. Y ese mismo Mosso que respondió así al manifestante, si algún día existe la República Catalana, la tendrá que defender porque a ellos les importa poco si República o Monarquía, pues sólo defienden lo que les ordenan que defiendan, aunque sea injusto.

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