DE CASTAÑO OSCURO A AGUJERO NEGRO

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Hace ya unos años que estamos asistiendo a un deleznable espectáculo social y que cada vez tiene pinta de ir a peor mientras los responsables de solucionar el desaguisado están entretenidos en votos, acuerdos, descalificaciones y demás distracciones que les impiden cumplir con su deber para con los españoles.

Antes, un crío se pasaba con otro y no era de extrañar que lo solucionaran a tortazos. Y lo digo por experiencia. De pequeño tuve más de una pelea a tortazo limpio con compañeros del cole… y luego éramos tan amigos como si nada hubiese pasado.

Cuando un verano sufrí acoso (eso que ahora llaman “bulling” porque debe quedar más “in”) por el típico guapito del grupo del que todas las niñas babeaban al verlo, estuve aguantando hasta que un día se acercó demasiado y cruzó una línea que se arrepintió de haber cruzado. En “cero coma” acabó en el suelo. Desde entonces nunca más me miró a los ojos e incluso me evitaba cuando nos cruzábamos por la calle. Y no pasó nada.

Hoy, si hay atisbos de algo por el estilo, aparecen psicólogos, psiquiatras y hasta negociadores para solucionar un problema que queda cerrado en falso, queda enquistado porque el agraviado no ve un castigo a su mal trago. Al final algunos no lo soportan y se acaban suicidando. Y luego todo son lágrimas y “se veía venir”. Los abusadores siguen su vida, mientras que las víctimas tienen a una familia destrozada.

Pero eso sí, triunfa lo políticamente correcto.

Por desgracia no podemos ver lo mismo en cuanto a la violencia de género. No hace demasiado cuando el marido (porque habitualmente es el marido) golpeaba a su mujer, pocos decían nada y la mujer acaba pensando que se merecía ese maltrato.

Desgraciadamente la sociedad sólo ha cambiado en un aspecto, y es que ahora somos muchos quienes condenamos públicamente esa violencia y estamos al lado de las mujeres maltratadas y ya salen a la luz pública lo que antes quedaba relegado a cuatro paredes.

Nos queda muchísimo por luchar y erradicar la violencia dentro de la pareja, pero tanto de un sentido como hacia el otro, pues no son pocas las mujeres que, como no tienen fuerza física como para apalizar al marido, lo maltratan psicológicamente hasta la extenuación. Y esto se tiene que acabar.

Y si la violencia entre parejas es algo por lo que tenemos que luchar, no podemos olvidarnos de la violencia física y/o psíquica de los padres a los críos. Eso marca de por vida a quien le queda toda una vida por delante.

Queda demasiado por luchar, pero no podemos bajar la guardia.

Antes, una mujer iba por la calle y si bien siempre había el riesgo de una violación, ahora parece que se han convertido en presa de malnacidos. Hijos de puta (con todo mi respeto a quienes profesan esa profesión) que ven en la debilidad física de la mujer su oportunidad para no ser hombres aunque crean que lo son. Antes, cuando se pillaba a un violador sabía que lo iba a pasar mal, muy mal. Y si bien no defiendo la violencia policial, más de uno iba “calientito” al juzgado y si salía de la cárcel había pasado por el juzgado carcelario y solía tener pocas ganas de volver a las andadas.

Ahora no, cogen a un violador, lo juzgan y si no sale en libertad con cargos, le cae una condena suave para intentar reinsertarlo y cuando sale vuelve a las andadas, como puede haber hecho con los permisos carcelarios siendo conscientes de que si los pillan, cualquier buen abogado les puede conseguir menos condena. Y eso facilita el delito. Si el castigo no es ejemplar, el delito persiste. Y esta gente difícilmente se reinserta en la sociedad.

Otro aspecto denigrante de este delito es cuando las violaciones se cometen a menores. Si ya en las violaciones a mujeres los delincuentes deben dar gracias al cielo de que no sea yo quien haga y aplique las leyes, más aun lo tienen que agradecer si sus víctimas son menores. Porque la declaración de los dd.hh. podría quedar en el olvido.

Antes, un inmigrante llegaba a España, trabajaba en lo que fuese, procuraba ser uno más de la sociedad y poca cosa más. Y lo digo porque vivo en un pueblo donde la población de raza negra lleva viviendo aquí décadas y nunca hubo problema alguno con ellos. Son unos más del pueblo porque se han comportado como tales. Sean de la confesión que sea.

Ahora, llega un inmigrante de forma ilegal y lo primero que sabe que tiene es el apoyo de ong’s que, ya de por si, defienden al inmigrante ilegal y siempre sospechan de acciones racistas por parte de los otros.

No importa lo que haya hecho, es racismo y punto.

Es cierto que, como bien dice un amigo al que quiero un montón, que nadie es ilegal, pero pocos caen en que lo ilegal son los actos que haga una persona legal. Hay unas leyes a respetar, y si no se respetan es que no están dispuestos a aceptar lo que hace funcionar la sociedad de acogida.

Pero ahora quien denuncia cualquier delito de un inmigrante es puesto inmediatamente bajo el insulto del racismo, la xenofobia y el facherío, cuando sólo se pide que se respete la ley.

En España hay un 10% de población inmigrante, pero el 30% de los presos son de ese colectivo, lo que nos debería enseñar algo. Pero no, porque quien diga que esta proporción es preocupante, es automáticamente racista por más que la estadística nos esté dando una información valiosísima sobre el tema.

Otra lacra que amenaza a nuestra sociedad es la falta de seguridad en nuestras propias casas. Antes, si alguien entraba en un domicilio para robar, el propietario se podía defender como pudiese, pero ahora, como le des un mal tanto al ladrón, al que le cae el pelo es al propietario de la casa hasta el punto de que puede incluso tener que indemnizar al delincuente. Una puta vergüenza.

Incluso cuando un ladrón cometía un robo, la policía ya sabía quien podía ser el delincuente con el “modus operandi” y hasta sabía dónde encontrarlo si es que era un vulgar ratero.

Hoy sólo pueden ver que los ladrones son en muchas ocasiones bandas organizadas de terceros países que suelen haber tenido guerras recientes, están perfectamente organizados y aunque intenten evitar la violencia, es peligroso enfrentarse a ellos.

Hace un tiempo, hablando con un amigo policía me explicaba que antes, cuando daba el alto a un presunto chorizo, casi con la voz ya lo tenía acojonado. No hacía falta más que levantar la mano y decirle que le enseñara la documentación.

Hoy, cuando tiene que dar el alto a un presunto delincuente, lleva la mano a la pistola por si tiene que repeler un ataque con arma de fuego, pues los ladrones no se andan con chiquitas con la policía porque saben que la Ley les protege más a ellos que al policía que se juega día a día la piel para que nosotros podamos salir tranquilos a la calle aunque la justicia no lo apoye como debiera.

También me explicó un policía que después de meses siguiendo a una banda de ladrones extranjeros consiguieron echarles el guante, y mientras estaban haciendo los informes de ese trabajo vio como los detenidos salían a la calle antes de que el policía terminara el papeleo. Cuando el jefe del operativo se levantó a ver qué pasaba, el cabecilla de la banda se acercó y le dijo “sois la mejor policía, pero las leyes no os ayudan”. Y se fue tan campante… a por el siguiente trabajillo.

Hay quien a todo esto busca explicaciones médicas, entendiendo que quien delinque tiene problemas sociales, mentales, psicológicos…. pero saberlo no nos ayuda en nada a la gente de la calle.

Saber que un violador tiene un problema de empatía no soluciona el problema ni resarce a la víctima de esa violación.

Entender que un asesino tiene un problema de conducta ocasionado por un problema de comunicación neuronal entre los hemisferios del cerebro (causa que me he inventado porque no se qué origen tiene ese comportamiento) puede ser útil para la medicina y la psiquiatria, pero no ayuda a sus víctimas.

Podemos saber todas las causas del porqué esa gente actúa como lo hace, pero eso no ayuda a las víctimas de sus desmanes. Y hasta que esto no se solucione es necesario endurecer las leyes y, si es necesario, hacer más cárceles que sin tantas comodidades puede ser una solución, pues los centros penitenciarios modernos parecen más un hotel que una prisión, y si al delincuente lo mandas una temporada a pan y cuchillo con tele de pago, con piscina, gimnasio y “vis a vis” para echar un polvo, quizá no les preocupe tanto volver a ella.

Esto está pasando de castaño oscuro a agujero negro en el que todos quedaremos engullidos como sociedad. Y lo que quede, seguro que no nos va a gustar.

Es imprescindible hacer algo, exigir a los políticos más mano dura con las leyes, y que quien suelte a alguien se responsabilice de los delitos que pueda cometer. Quizá entonces se lo miren desde otro punto de vista.

Y si alguien me quiere insultar por lo que he escrito, que le den.

Salut!

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